“Triste final para un campeón descalzo”

Prof. Aldo Luberta

Por: Aldo Luberta Martínez
Máster en Ciencias de la Comunicación
Docente de la Universidad Americana
Email: aldoluberta@yahoo.com

Wilma Rudolph es la gran estrella de los Juegos Olímpicos en Roma, Italia, 1960; la secunda un boxeador, también estadounidense, de 18 años que con fuerte jabs y rectos de uppercutt se convierte en titular olímpico de los 81 kilogramos, su nombre es Classius Marcelus Clay, aunque une a la Nación del Islam y adopta el nombre de Muhammad Alí… Pero cuando se corre la maratón uno de los participantes llama poderosamente la atención: Cubre los 42 kilómetros y 195 metros, descalzo.

Triste final para un campeón descalzo

Se nombra Abebe Bikila. Nacido en Mout, Etiopía, el 7 de agosto de 1932, siempre hizo lo que más le gustaba: Correr. Corría para ir a la escuela, corría para cumplimentar alguna encomienda de su madre… Corría… Y, como buen pobre, corría descalzo. Y como siempre corrió descalzo, se acostumbró, y descalzo llegó a las Olimpiadas en Roma’ 1960.

Bikila, corre por las calles italianas. Llegó a los Juegos Olímpicos gracias al C. O. I, que le sufragó los gastos y pudo concretar su sueño: Participar en el magno evento del deporte mundial.

Desde el disparo inicial el desconocido africano marca el paso. Los rivales, entre los que se encuentra su hermano Albalonga, no pueden con su ritmo.

Solo faltan mil 500 metros. Abebe Bikila saluda con la vista el obelisco de Axum, robado a su país por las tropas italianas, y llevado a Roma. Tamaña injusticia lo alienta. Marcha confiado. El último obstáculo que tiene que sortear es un típico romano que ha conseguido infiltrarse en el recorrido con su motocicleta. Llega al Arco de Constantino, muy cerca del lugar en donde, 25 años atrás, el dictador fascista Benito Mussolini había enviado sus huestes a conquistar Etiopía. Unos metros más, y entra triunfal en el estadio olímpico de Roma, que se pone de pie para felicitarlo.

Triste final para un campeón descalzo

Abebe Bikila, sin importarle el cansancio tras andar 42 kilómetros y 195 metros descalzo, le da la vuelta la óvalo bailando. Albalonga, su hermano, invitado también por el C. O. I, lo abraza y le alcanza una bandera de su país. La euforia le permite, 30 minutos después de su hazaña, darse cuenta de que su tiempo, 2 horas 15 minutos 16 segundos y 2 décimas, es nuevo Récord Olímpico y Mundial.

Al llegar a Etiopía es reconocido como héroe nacional. Su título lo convirtió en el primer africano en ganar una medalla de oro olímpica. Todo se convierte para Abebe Bikila en loas y congratulaciones, pero lo anterior no hace mella en él y continúa siendo el cartero de siempre que cumple su función corriendo descalzo, aunque con un solo pensamiento: Convertirse en doble campeón olímpico.

Tokio, la bella capital de Japón, es la sede, en 1964, recibe a los participantes. La prensa pregunta por el ídolo etíope. No lo reconocen. Físicamente está deteriorado, aunque su rostro deja ver una noble sonrisa.

– Estoy acá gracias a Dios. Hace apenas una semana que recibí el alta médica. Sufrí apendicitis y me compliqué con una peritonitis. También estoy afectado por la muerte de mi hermano Albalonga. Falleció de malaria. Me siento débil pero fuerte de espíritu. Todo está en manos de Dios. No me permiten volver a correr descalzo. El C. O. I exige que use zapatillas. Es algo que tengo en contra. Es algo que no quiero hacer. Es algo que no he hecho nunca, pero si quiero participar en los Juegos Olímpicos tengo que cumplir. Como ya dije, todo está en manos de Dios.

Comienza la maratón y el ídolo etíope marca el paso. Los japoneses lo alientan y le gritan frases de elogios. No entiende pero las comprende. Su paso es feroz y vuelve a entrar triunfal.

Al cruzar la meta se quita las zapatillas, las echa a un lado, y, descalzo, como acostumbra, festeja su triunfo. Antes de ejecutar la danza abre sus brazos al cielo y lanza un beso. Antes de ejecutar la danza saca una foto de su hermano y la besa varias veces. Antes de ejecutar la danza rompe a llorar como un niño.

Para sus terceros Juegos Olímpicos, en Ciudad México’ 1968, no es el mismo, y tiene que abandonar la carrera de maratón en el kilómetro 17.

En 1969 sufre un grave accidente de tránsito en Addis Abeba, capital de Etiopía. Le fue obsequiado un automóvil y, al no poseer destreza en la conducción se proyectó contra un árbol. No perdió la vida pero sufrió una parálisis de los miembros inferiores que lo condenó a una invalidez progresiva y, al mismo tiempo, a vivir postrado en una silla de ruedas. Falleció el 25 de octubre de 1973. Tenía apenas 41 años. Todos, sin excepción, aseguran que murió de tristeza.

En su memoria el capitalino Estadio Nacional de Etiopía lleva su nombre.

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