Los hombres de la espada y los hombres de las ideas

Juan Beranger 1Por Dr. Juan A. Beranger, rector de la Universidad Americana

Desde los inicios de la existencia humana y hasta nuestros días, desde las cavernas hasta las más avanzadas civilizaciones, el hombre ha convivido con dos estereotipos básicos: los guerreros y los pensadores, es decir, la violencia y la razón. La primera, más cercana a proyectar cierto estado de naturaleza humana –la physis- con sus sinonimias y parentescos resaltados en el temperamento, la pasión, los odios, los grandes amores, la segunda –la soprhosyne- tendiente a la cordura, el entendimiento, el análisis, la reflexión, la sabiduría o el carácter maduro.

Tipologías que, como tales, no están exentas de una cuota de relatividad y que hace que exista la posibilidad de que esas dos cosmovisiones, de manera parcial, aniden en cada uno de nosotros. Los hombres de la espada dominan en el reino de la violencia. Conquistando, amenazando, destruyendo, imponiendo, dominando, matando, es decir, su ley es la del más fuerte, del guerrero, del más hábil, incluso el más estratega. Se arriesgan a la victoria o al deshonor. Los hombres de las ideas quieren colonizar, inventaron la justicia y se sosegaron para que aun los más débiles, pudieran ser protegidos. Inventaron la cultura dejando al mundo la ciencia y la poesía, las religiones y la música, las herramientas y el arte, las matemáticas y el misterio, la arquitectura y la filosofía, las leyes y la estética.

Los hombres de la espada sacian su sed en la sangre del enemigo pero los hombres de las ideas conversaron con sus antiguos enemigos para construir la nueva vida; desde que el mundo es mundo, el hombre cree o no cree, pelea, suda, llora, grita pero también medita, dialoga, acuerda, concede, promete. Los hombres de la espada definen en un segundo la vida ajena sin mirar el mañana y los hombres de las ideas abonaron las semillas porque sabían que debían sentarse juntos a la misma mesa. Tal vez la guerrera Esparta y filosófica Atenas, sean una expresión metafórica de la civilización. Roma tuvo a César y a Pompeyo pero además tuvo a Cicerón, a Augusto o a Marco Aurelio, entre otros. Napoleón, genio militar, dijo que había que saber sentarse a tomar el té con el enemigo.

Con el tiempo, los hombres de la espada y los hombres de las ideas, advirtieron que eran dimensiones humanas inseparables, que ambos campos estaban hechos de una misma materia y esencia –pathos y logos- y le dieron cierta razón a la violencia y cierta violencia a la razón. Así, en esa máxima comprensión, los grandes exponentes de la talla de Hobbes y de Rousseau, de Montesquieu y de Locke, advirtieron la necesidad de alcanzar la convivencia y perdurar. De ahí, la justificación del Contrato Social.

Sin el entendimiento no hay armonía, necesaria para planificar la vida social y comunitaria pero sin el reposo del guerrero, no habrá construcción de nación posible. Así le pasó al magnífico estratega Alejandro, que de tanto conquistar territorios y doblegar enemigos persiguiendo la gloria y la grandeza, no tuvo tiempo de construir la nación que, tras su muerte, se partió como una nube aventada. Las normas que gobiernan el mundo no desechan a la espada ni a las ideas.

La norma escrita mayor –La Constitución de un Estado- legitima por derecho, la utilización de la fuerza según la escala de necesidad, pero son las ideas las que deben conducir la mano del guerrero. Los hombres de la espada son el reflejo de la saciedad humana, expresión de poder y el laberinto de su sinrazón, cualesquiera sean sus formas. Los hombres de las ideas, son la expresión de la civilidad, la tolerancia y el disenso, el triunfo de la razón. El gran estratega Sun Tzu, sostuvo que el mejor guerrero es aquel que no tiene necesidad de desenvainar su espada.

¿Dónde estaremos abonando nuestro campo? ¿Qué pasiones o qué saberes guiarán nuestro destino? El hombre lucha consigo mismo, como si enfrentara sus hemisferios, pletórico de pobreza y gloria, de soberbia o de sumisión, de calma o ambiciones, de miedos y verdades, de bajezas y altitudes, de rencores y perdones. Es el mismo hombre que conquista la ciencia, que perfecciona el cultivo de una rosa, que eleva la potencia de sus misiles y desata la tempestad del holocausto. ¿Qué tipo de hombre nos habita? ¿Con cuál de ellos despertaremos mañana? ¿Llevaremos en alto nuestra espada o abriremos el libro en la página del entendimiento?.

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